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Maniquí

La casa es verde oscuro y grande, ubicada en una esquina. Lo sé, aunque esté solo en la habitación. Porque es donde crecí. 

Me encuentro sentada en mi cama, a mi lado está mi hermano mayor jugando en su celular. Mi vista está concentrada en la pantalla. Es un juego infantil que no reconozco, pero lo encuentro entretenido. Me siento feliz, porque es como cuando éramos pequeños. Él siempre jugando y yo siempre mirando. 

De reojo noto que hay alguien más, parado a dos metros de nosotros, con los hombros a nuestra dirección. Es intimidante, por lo que no tengo el valor de dejar de ver la pantalla. Sé que si lo miro, el sueño se convertirá en una pesadilla. Una horrible ¿Es un asesino? ¿Un monstruo? ¿Un fantasma? ¿Una persona que temo? ¿Un personaje que temo? Sin poder soportarlo más, alzo la vista, encontrándome con un maniquí blanco, sin nariz. Su vestimenta es formal, pero no perfecta, como el de un anciano olvidado. Aguanto la respiración y miro el celular. 

Aunque no tenga ojos, siento que me mira. Que va a hacerme algo malo. Al notar que mi hermano mayor también está tenso, sé que él también lo vio. Comienza a fallar en el juego ¿Cómo es que llegó esa cosa a mi habitación? No solo me da miedo eso, también porque me da miedo la casa. Siempre tengo pesadillas horribles en ese lugar; gente que me quiere matar, un bebe que me sigue, mis padres gritándose, un hombre con sombrero mirándome en la ventana. Son tantas que me hacen creer que son recuerdos. Independiente de lo que sean, me aterran. 

Sin controlar mi propia voluntad, lo vuelvo a ver. Ha dado un paso hacia mí, tiene los brazos estirados para atraparme. Pero está quieto. Se ve más grande, mil veces más. O tal vez yo soy más pequeña, como la niña que vivió ahí. Me siento igual de insegura que cuando viví ahí. 

Lo primero que pienso es que esa cosa me va a matar. 

Suelto un gemido que delata mi cobardía, mi pecho se aprieta y corro de esa cosa. Escapo de mi habitación, bajo las escaleras. No miro hacia atrás, ni siquiera miro si mi hermano mayor está bien, tengo mucho miedo para hacer eso ¿Y si me lo encuentro muerto? ¿Y si el también me quiere matar? Es un buen hermano, pero en esa casa sí lo veo posible. 

Al llegar al primer piso me encuentro con mi madre en el sillón, mirando la televisión. No la abrazo, me quedo en el centro de la sala de estar y le explico la situación. Me trabo con mis propias palabras, apenas se me entiende. Estoy tan desesperada que siento todo el cuerpo apretado. Quiero gritar por ayuda, quiero salir de ahí, despertar y recordarme que esta cosa no es real. 

—¡Hay una cosa que nos quiere matar! ¡Mamá! ¡Vámonos de esta casa! Por favor, no puedo soportarlo más. Ese maniquí era enorme y ¡Mamá! 

Me agito por no saber de qué otra forma expresarme. Mi madre suelta una corta risa y al acabar hay un corto silencio que es interrumpido por el crujido de la escalera. 

—¡Mamá!—le agarro la mano para levantarla. 

Le pido ayuda a mi hermano mayor, que está sentado en el sillón de al lado. Sin embargo, al verlo notó inmediatamente que no es realmente él. Tiro con más fuerza, mi madre se levanta, no para acompañarme, sino que para intentar calmarme. Otro crujido suena ¿Qué otra cosa podría ser si ni es esa cosa? La trato convencer, pero parece que ni siquiera mi escucha. 

Las pisadas de las escaleras parecen más un golpeteo de una enorme campana de un reloj. Con un ritmo lento, pero constante. Tan fuerte que la casa retumba. Esa cosa va a matarme. Me va a abrazar y me va a romper los huesos. Casi puedo ver la escena. 

Lo primero que puedo ver es su pie, que no es blanco. Es de un humano. Retrocedo un par de pasos y mi madre me abraza, logrando sentirme un poco más segura. Cierro los ojos con fuerza, deseando poder despertar ¿No es el miedo suficiente para despertar jadeando y sudado? Abro los ojos pensando que ya desperté, pero me encuentro con mi madre con la ropa del maniquí. 

Me sonríe, pero no como lo suele hacer. Es falso, exagerado, mostrando muchos sus dientes y sus mejillas apenas están. Sé que no es ella porque mi madre aún me está abrazando. Con la poca valentía que tengo, gracias al abrazo de mi madre, le hablo. 

—Puedes, por favor, ¿irte? 

Mi voz tiembla y mi garganta duele por no llorar. 

—Claro—dice la cosa. 

Pero no se mueve. 

—Gracias. Muchísimas gracias por irte. Perdón por sacarte, pero me das mucho miedo—al explicarle, esa cosa se va por la puerta. 

—Pero tendrás que llamarme—dice la cosa, que veo gracias el ventanal junto al sillón. 

—No tengo tu número—le respondo antes que se enoje—. Y, perdón, en serio, pero no me gustan las llamadas. No suelo llamar ni a mi verdadera madre. Perdón, en serio, pero no lo llamaré. Pero espero que le vaya bien 

La cosa deja de sonreír y yo me doy vuelta para correr de eso. Encontrándolo al frente de mí, Alto y muy muy enojado. Y despierto del susto.

Sé que fue una pesadilla, pero mientras escribo esto desde mi celular, lo siento sobre mí. Listo para matarme. Es pesado y mis piernas están acalambradas ¿Se irá si se lo vuelvo a pedir?

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