En el desierto de Atacama se encontraba una familia, acompañada por unos amigos de los padres. Estaban, literalmente, en medio de la nada, debido a que la camioneta gris en la que viajaban había quedado enterrada por la blanda arena del desierto.
El viento golpeaba el rostro de una niña de tres o cuatro años, quien se aferraba con fuerza a la mano de su madre, pues había escuchado que podía salir volando. No quería perderse en el cielo, y por eso se sujetaba con tanta fuerza.
Los mayores, su padre y otro hombre, hacían lo posible por sacar la camioneta del lugar. La mirada de la niña estaba fija en las ruedas, que giraban sin lograr avanzar, levantando únicamente una nube de tierra. El ambiente era tenso, aunque no por mucho tiempo: decidieron llamar a alguien profesional para que los ayudara, y el espíritu aventurero de los adultos llevó la escena hacia una cueva cercana.
Sus ojos seguían atentos a los mayores: aquel hombre canoso que se emocionaba al descubrir la cueva, su padre proponiendo entrar, su hermana mayor queriendo irse y su hermano mayor, aterrado por la idea de explorar una cueva en medio del desierto.
La madre de la niña siempre había sido de reír y animar a sus hijos a hacerlo. Por eso, al notar que su hijo estaba asustado —al igual que su hija menor—, comenzó a inventar una historia llena de cosas extrañas. Aunque la pequeña no entendía del todo lo que decían, debido a que aprendía más lento que otros niños de su edad y todavía no podía hablar, algunas palabras quedaron grabadas en su mente: cocodrilo y momia.
Sabía lo que era una momia, pues en ese tiempo era uno de los intereses de su madre. Tenía claro que eran muertos horribles, la mayoría con cabello largo y un abrigo de lana, como los que había visto en los museos que solían visitar en familia. También sabía lo que era un cocodrilo, gracias a las visitas al zoológico.
Mientras escuchaba, observaba cómo sus hermanos mayores reían con las ocurrencias de su madre. Ella había logrado calmarlos, y ya nadie le temía a la cueva. El padre, siempre muy aventurero, los invitó a entrar.
La niña apretó aún más la mano de su madre. La entrada era cuadrada y se abría en medio de una enorme montaña. Todo tenía un tono anaranjado, como cualquier desierto. Nunca había temido a la oscuridad, pero al entrar detrás de su madre, su corazón se aceleró ante lo desconocido.
A la izquierda había un camino relativamente seguro… aunque no lo era en la imaginación de la niña. Allí mismo corría un río que parecía no tener fin. La cueva era mucho más grande de lo que su mente podía asimilar.
Sus hermanos seguían alimentando la historia inventada por su madre, y la niña, aunque no prestaba atención a todas las palabras, comenzó a observar el lugar con detenimiento.
Entre las aguas negras y turbias, vio asomar la nariz de un cocodrilo, que la miraba fijamente a los ojos. Era intimidante, listo para devorarla si tropezaba y caía. La pequeña se alejó y abrazó a su madre en busca de protección. Sin darle mucha importancia, la mujer acarició el cabello de su hija y continuó conversando con los adultos sobre la historia de la cueva.
La niña miró hacia atrás: sus hermanos reían y, más allá, pudo distinguir a otra figura. No… no era una persona. Caminaba lentamente, sus ojos estaban vacíos, su piel era gris, su cabello tieso y su ropa de lana. Era un monstruo: una momia del norte. La niña se tensó.
La momia se detuvo, jadeando como cualquier criatura sin vida. La mirada de la niña volvió al cocodrilo, que comenzaba a salir del agua para acercarse a la momia. La pequeña observaba sin moverse, incapaz de expresar su miedo. La momia dio un paso más, con sus articulaciones crujiendo. El cocodrilo sonrió levemente y se irguió sobre sus patas traseras. De pronto, todo comenzaba a parecer menos aterrador.
—Sería muy chistoso que bailaran —comentó su hermano a la hermana mayor, ajenos ambos a lo que su hermana menor veía.
La momia dio otro paso e inclinó la cabeza. El cocodrilo hizo lo mismo. Con las manos extendidas hacia adelante, se movieron primero a la derecha, luego a la izquierda. La niña no tardó en reconocer el baile de Michael Jackson en Thriller.
Permaneció mirando, fascinada y feliz de ver a una momia y a un cocodrilo bailar su canción favorita del momento. No se dio cuenta de que todo era solo producto de su imaginación, pues para ella, aquello era tan real como su propia familia.