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A las 3 de la tarde, me subo a la micro 450 en Escuela Militar con destino a Plaza Quilicura.

Acabo de salir del trabajo y me siento atrás, junto a la ventana. Al frente mío no hay asientos, así que al poco rato un hombre mayor, de unos 50 años quizás, se apoya en la ventana. No le cedo el asiento porque hay muchos otros disponibles; él decide quedarse parado.

Apoyo mi cabeza en el vidrio y me concentro en la vida más allá de la mía. Mientras tanto, pienso estupideces: ¿Cuál es la diferencia entre un dibujante y un ilustrador? ¿Hay que estudiar algo “serio” para ser ilustrador? Saco el celular, busco en Google, pero no entiendo la respuesta. Entonces miro de reojo cómo el hombre saca un puñado de joyas del bolsillo.

Por precaución, lo primero que hago es guardar el celular en el bolsillo trasero. Sin embargo, la curiosidad mantiene mi mirada en su mano. Tiene aros, una pulsera, y se concentra en un collar de oro. Lo examina cuidadosamente, asegurándose de que sea valioso. Noto que aún tiene un cabello enredado en uno de los extremos de la cadena, y él comienza a quitárselo.

Un hombre de unos 30 años, creo, se coloca frente a él, sin notar nada extraño. Me preocupa que le robe, pero al mismo tiempo me da curiosidad saber cómo lo haría. He escrito sobre ladrones, he leído sobre ellos, sobre cómo actúan. Deseo observarlo, solo para saber si lo escribí bien.

El ladrón aprieta el collar, quizás para comprobar su resistencia. Lo muerde con las muelas, me mira, y luego se lo guarda en el bolsillo. Yo no aparto la vista, no por miedo, sino por curiosidad por su vida. Él observa a la gente durante un largo rato sin hacer nada más, y luego se baja.

Ante la falta de entretenimiento, y negándome a sacar el celular otra vez, vuelvo a mirar por la ventana. ¿Y si me hago un alisado permanente? ¿O mejor rulos? Hace unas semanas me corté el pelo y quedó fantástico, pero siento que le falta algo. ¿Y si me hago un piercing en la oreja?

La micro se detiene, y mi vista se va rápidamente hacia un artista callejero que se aleja de su lugar entre los semáforos para colocarse al costado de un bus escolar. Sus ojos brillan de emoción, tal vez más que los de los niños que se acercan para mirarlo. Alza los brazos para presentarse y comienza el mejor espectáculo de malabares que he visto en mi vida.

Su felicidad me contagia. Hace trucos que ni siquiera entiendo cómo son posibles. Veo a los niños pegados a la ventana, igual que yo. El artista se da vuelta y hace algo con las tres pelotas que no sé describir, pero fue maravilloso. Le sonríe a su público favorito; puede que haya esperado todo el día para verlos. Respira hondo, frunce el ceño y repite todo dos veces más rápido, dejándome sin palabras.

Al terminar, vuelve a alzar los brazos, y lo único que puedo pensar ante tanta felicidad es: “La vida es maravillosa”. Los niños lo aplauden como si estuvieran ante su cantante favorito, como si fuera un artista del Cirque du Soleil. El conductor sonríe levemente y comienza a avanzar.

El hombre agradece a su público con una reverencia teatral, quedándose en esa posición hasta que lo pierdo de vista. Mi corazón se acelera solo por ver esa escena, pero seguramente el corazón de ese hombre está mil veces más feliz. Es un artista callejero que sobrevive con lo que recibe de los conductores que se detienen en el semáforo. Ese artista renunció a sus monedas y billetes, solo para hacer reír a su público favorito: a cambio de unas sonrisas verdaderas.

Miro al frente y, sin poder evitarlo, saco mi celular para escribirlo. Mi cerebro me grita que es la inspiración perfecta para crear un protagonista noble, digno de un gran libro. Escribo todos los detalles; mis ojos se llenan de lágrimas. ¿Se dedicará a mejorar cada día para sorprender más a esos niños? ¿Cómo habrá reaccionado la primera vez? ¿Será ese el único bus escolar que le hace feliz? ¿Cuánto dinero ganará realmente? Ese hombre se merece mucho más.

Con una sonrisa, guardo el celular y miro a mi alrededor en busca de algo interesante. Reconozco la calle; es una que está cerca de la casa de una tía que no suelo visitar porque vive muy lejos… Me equivoqué de dirección.

Bajo corriendo para no llegar tan tarde a casa.
Pero llegué a las 7 p.m. 

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